miércoles, 21 de marzo de 2012

Moratones y huesos. Dientes.

Amanecer con las caderas doloridas. Con las caderas amoratadas. Las marcas de tus dedos. Firmes. Empujando fuertes, y seguros.
La marca de tus dientes. Me recorrías con la mirada, con la lengua y con los dedos.
Nunca me quejé. Y no lo haré. No lo haré, si vuelves a devorarme.
El sol llamaba a tu ventana. Nos saludaba desde el balcón, y le devolvimos el saludo entre gemidos entrecortados.
Dedos rebeldes. Salvajes. Descontrolados. Como tú.
Tu saliva, recreando un sendero en mi estomago. Tus dedos. marcándose por toda mi piel.
La mañana nunca me había sabido tan bien. Ni entre cervezas y tabaco.
La mañana, tras una noche sin dormir, se presentó desesperada, deseosa.
Y se marchó entre tu respiración suave, observando tus dedos posados en mi pelo.
Se marchó riendo, mientra te acariciaba la espalda. Se marchó, esperando que se repitiera. Y poder espiarnos de nuevo en silencio, acompañada tan solo del parloteo de miles de pájaros, que salieron a saludarla. Saludarnos.