jueves, 7 de junio de 2012

Scream.

Mientras los demás pierden el tiempo con tonterías de niño, aquí estoy yo.
Mientras hago el imbécil y finjo ser feliz, aquí estoy yo.
Madurar por la fuerza y por las malas. Como concepto. 
Y seguir aquí, luchando. Que no por vivir, sino por sobrevivir.
Y que entonces aparezcan. Ellos, todos ellos. Que aparezcan en mi cabeza. Que se escondan por un tiempo y vuelvan poco después, con una sonrisa. A visitarme, a asomarse a mi alma y gritar dentro. Gritar un deseo que no puede cumplirse y mostrando sueños que no pueden pararse.
Y aquí sigo yo, con ganas de todo. Y de él.

Femme fatale.

Ese movimiento de cabeza, esa forma de fumar. Esos andares y esa sonrisa alegre. Esa forma de hablar, de moverse. Esas ganas que le pone a todo. Esas letras, esa voz. Y su respiración. El sonido de su garganta al suplicar por aire en medio de una canción. Profundo, hipnótico. Ese tipo de sonido que hace que quieras envolverte con él, y salir corriendo a guardarlo para siempre en cualquier lugar seguro. Un lugar donde sólo yo pueda aspirarlo, donde sólo yo pueda respirarlo y contemplarlo.
Escuchar la forma en que las palabras salen de entre sus labios, y como rasgan el aire hasta llegar a mi alma. Y la rasgan también, la hacen trizas. Trizas de deseos, que se esparcen y me recorren, que atraviesan mi almohada por las noches, para hacerme compañía en mis sueños más profundos. 
Ese tipo de personas que sin quererlo, te despiertan deseos y obsesiones, despiertan pensamientos y te ponen el pelo de punta. Que te hacen pensar dos veces las cosas y arrastran tu alma de un lado a otro.
Que no se dan cuenta del efecto que ejercen, por que no se creen capaces de hacerlo.