martes, 11 de agosto de 2015

Puro (puto) miedo.

Hay algo peor que los putos helmintos de Baudelaire, y es descubrir de donde coño vienen. Es difícil superar su definición de estas criaturas, puesto que el descubrimiento de este mal, inherente a todo ser humano, se le atribuye exclusivamente al poeta. El hastío reactiva a estos insectos, los incita a la vida, están dentro de nosotros y viven por nuestra culpa. Pero yo quisiera añadir, con permiso póstumo de uno de los mayores poetas malditos, que el hastío y los helmintos tienen una causa clara, un motivo aún mayor que arrastra como consecuencia el hecho de acabar respirando gusanos. El alimento de los helmintos no es otro que el miedo. Este es quien no deja avanzar a las personas, el miedo es quien nos paraliza, invade cada órgano y parte del cuerpo humano, el miedo es la causa de todas las sensaciones que desembocan en hastío. Es quien despierta a los gusanos, que se desperezan envalentonados, alimentándose de toda la fuerza que nosotros, ilusos, débiles, dejamos escapar por culpa del miedo. Es esta fuerza la que les da la vida, los anima a recorrer cada parte del cuerpo, a trepar por la garganta, a anidar en el estómago. Esta fuerza permite que corazón y sentimientos se apolillen, aparezcan agusanados y llenos de agujeros por donde se escapan soplos de más y más fuerza que van sorbiendo, bebiendo, respirando. Crecen y crecen los helmintos, se reproducen, y el miedo se hace más fuerte, atenaza cada atisbo de decisión importante. No dejan de engordar los gusanos, enflaqueciendo sentimientos y deshaciendo sin esfuerzo, con sus cuerpos rechonchos cada cachito de calor que aparece para luchar contra el helor de la podredumbre. Y poco a poco, sin darnos cuenta, el frío se abre camino por donde ya pasaron el miedo y sus habitantes, busca el rincón más escondido del alma, y ahí se queda, abriendo brechas heladas con sus uñas de hielo y piedra, permitiendo a los gusanos avanzar más si cabe en el camino hacia la destrucción de la humanidad de la persona.
Y así es como el miedo es implacable, no se detiene, así es como en la vida perdemos todas las cosas importantes que aparecen y no sabemos ver, pues los helmintos han crecido tanto que nos tapan la ternura, el brillo en las miradas, descubrir el arma hecha alma que podría acabar con la plaga eterna que hemos formado casi sin querer dentro de nosotros.
Porque, lo que se le olvidaba a Baudelaire es que sí, el ser humano es su propio asesino, es asqueroso, tanto como para albergar estas criaturas. Pero también, por tanto, es el único capaz de parar su avance, es el único que puede elegir si quiere ser consciente del miedo que le atrapa y abrirse paso entre un camino pegajoso, lleno de gusanos muertos , y llegar al final sucio, agotado y lleno de mierda, pero firme, valiente, sabiendo que sólo se necesita a sí mismo para vencer el dolor de dentro, creando luz y calor en las heridas que no cierran, pero calman rápido con saliva y sudor.