El estremecimiento recorre su espina dorsal, se carga en su corazón, en sus costillas, le parte la respiración, y sale humeante de sus labios entreabiertos, temblorosos. El frío ha llegado, la noche está cayendo. Los árboles silban a su paso, algo la sigue.
El valle vibra con el alarido de unos bombos insistentes, el aire enrarecido huele a químico y alcohol, a hermandad, a hoguera, a tierra húmeda. La libertad es la palabra dominante, pero ella se siente revuelta, desatada, desorientada incluso. El viento silba y corta las caras y las manos de las almas presentes, se revuelve contra ella, la envuelve y parece querer llevársela. La llena de arriba a abajo en un escalofrío profundo, estremecedor que recorre su cuerpo y la deja congelada, el cerebro inestable.
Confusa, entre sombras y un ruido que no para, colores rojos, puntos y haces de luz, sustancias que atraviesan su cabeza y hacen que el frío se asiente, triunfe sobre sus órganos excitados y latentes. El frío la está desgarrando, y el fuego le asusta, le transtorna. No puede pensar con claridad, y sólo se levanta y baila. Baila durante horas, delante de una enorme pared negra, que parece viva, vida pura que la envuelve en sonido.
Sólo así siente que el frío se asusta, se retuerce y la abandona poco a poco, furioso y decidido a encontrar nuevas víctimas para someter a su terrible crueldad. Mientras, en los ojos de ella se hace de día, y el sol asoma entre las montañas, reluciente, cálido. Abriendo sus rayos en un abrazo que sus hijos danzantes, los fugitivos, los que se esconden en la noche, reciben con una sonrisa de sentirse en casa.
Los cuerpos se estiran, se relajan, se lliberan. Salen de debajo de las capas de ropa para recibir en cada poro una milésima de delicioso calor. Y sólo sonríen y siguen bailando, sin pensar en las horas que faltan para que el puto frío, traicionero y audaz, se cuele con la oscuridad dentro de los ojos de todos.
El valle vibra con el alarido de unos bombos insistentes, el aire enrarecido huele a químico y alcohol, a hermandad, a hoguera, a tierra húmeda. La libertad es la palabra dominante, pero ella se siente revuelta, desatada, desorientada incluso. El viento silba y corta las caras y las manos de las almas presentes, se revuelve contra ella, la envuelve y parece querer llevársela. La llena de arriba a abajo en un escalofrío profundo, estremecedor que recorre su cuerpo y la deja congelada, el cerebro inestable.
Confusa, entre sombras y un ruido que no para, colores rojos, puntos y haces de luz, sustancias que atraviesan su cabeza y hacen que el frío se asiente, triunfe sobre sus órganos excitados y latentes. El frío la está desgarrando, y el fuego le asusta, le transtorna. No puede pensar con claridad, y sólo se levanta y baila. Baila durante horas, delante de una enorme pared negra, que parece viva, vida pura que la envuelve en sonido.
Sólo así siente que el frío se asusta, se retuerce y la abandona poco a poco, furioso y decidido a encontrar nuevas víctimas para someter a su terrible crueldad. Mientras, en los ojos de ella se hace de día, y el sol asoma entre las montañas, reluciente, cálido. Abriendo sus rayos en un abrazo que sus hijos danzantes, los fugitivos, los que se esconden en la noche, reciben con una sonrisa de sentirse en casa.
Los cuerpos se estiran, se relajan, se lliberan. Salen de debajo de las capas de ropa para recibir en cada poro una milésima de delicioso calor. Y sólo sonríen y siguen bailando, sin pensar en las horas que faltan para que el puto frío, traicionero y audaz, se cuele con la oscuridad dentro de los ojos de todos.