Palabras sueltas dan más vida que tratar de enlazar unos pensamientos tan inconexos, tan carentes de sentido real entre sí. Fluye más no tratar de fluir, las palabras salen cuando más necesidad tienes tienes y menos cuenta te das.
Llevo días rondando alrededor de mí misma, y no me encuentro porque no estoy sola, y no sé escucharme acompañada. Pero una noche todo explota cuando te permites acercarte en silencio a un pasado y una ficción que no son tal, y sí son tú. Contigo.
Estoy empezando a ser más consciente de mi misma, pero no me permito una palabra fuera de tono a mi propia persona. Soy cobarde de mi realidad, odio esconderme pero lo busco desesperada para no conocerme mejor.
Aquí la verdad está desnuda, está entera, abierta de piernas delante de mí, deseosa de unos dedos cálidos que rebusquen para alcanzarlos con la cruda realidad, y congelarlos con el contacto estepario. Pero el frío cura, conserva, y además quema, duele, corta.
Nunca supe ser poeta hasta que lo intenté porque, en verdad, nunca había querido serlo. Hasta que por orgullo (dientes, dientes joder), me planté y fui yo misma sobre papel. Pero un yo misma nuevo, distinto. Firme pero deliciosamente armónico. Me abrí las venas y ordené la sangre mecánicamente en versos y estrofas, en rimas forzadas pero de lírica y métrica perfectas. Y el poema sangrante quedó sobre el papel, y vibrante y rezumante de desesperada vida, quedó expuesto como una obscena joya del papado. La coherencia no es coherente, y esto sólo son anotaciones de una mente que lleva varias vidas sintiéndose delicadamente enferma. Sólo son letras que fluyen de un cuerpo que empieza a ser consciente de extrañas realidades. Siento miedo al levantar la vista, al ser consciente de mis carencias, sustentadas por un flamante universo paralelo que se me ha extendido en la mirada, como una capa gris de nébula viscosa surcada por delirios de belleza e impulsos suicidas de tanto en tanto.