lunes, 1 de febrero de 2021

La fina línea que separa la ficción de lo real.

Ya no me creo nada de lo que oigo. De lo que veo. De lo que siento. Es duro desmoronarme siempre y siempre creer que alguien va a ayudar más que mí misma. Siento como que puedo dejarme llevar, cargar. Pero sólo yo puedo tirar de mí para salir del pozo. Que siempre estoy en el pozo, y las paredes son jodidamente resbaladizas. Y que a ver cómo coño escalo con mis manos pequeñas, mi rodilla cascada, mis cortas piernas. Me resisto a que la luz entre y me caliente porque estoy confusa. 

No quiero creer en mí porque eso me empuja a tener que ser mejor y no quiero. Quiero ser egoísta, mirarme el ombligo, sentirme por encima sin estarlo. Quiero sentirme buscada, deseada. Pero porque me he perdido, y aunque me veo por fuera, no quiero verme por dentro. Me pierdo en fruslerías, me hago la idiota, malgasto cada minuto de mi tiempo. Es más sencillo dejarse llevar que coger lo que te frena y cambiarlo. Es más sencillo escuchar cosas bonitas y creérselas aún sabiendo que están vacías, que no sirven para nada, que pesan menos que el aire. Cosas que ni siquiera son ni de lejos, una puta quimera. Una quimera es bella, intensa, real en su mentira, es un sueño dentro de un sueño. Es la esencia de aquello en lo que creo aún habiéndolo perdido. 

Pero aquello en lo que me dejo creer, que dejo que me cubra como un bálsamo, que me calme y me quite las lágrimas. Todo tan vacío, tan como un mensaje a destiempo de la peor persona posible. Sólo se clava más dentro cada vez, porque yo solo quiero buscarme en los brazos de alguien, y ese es mi mayor peligro. No buscarme en los míos.


                                                             (Y ahora qué).