Como unas uñas rojas manchadas de sangre. Llenas de jirones de piel arrancada, manchas de dolor y gritos en los oídos. Como recorrer el alma de un vampiro recostado contra una pared desconchada, sucia, que manchará de rojo con su próxima víctima.
O sentir los colmillos en el cuello. La caricia arañando. La presión suave. El delicioso dolor en el cuello, el corazón a cien. Bombea más fuerte, más rápido. Respiraciones aceleradas. El pelo removido por una perezosa ráfaga de aire rezagada, y las manos apretadas fuertes contra el costado. Miedo. Ganas. Sueño profundo al clavarse sus dientes y vaciarme el cuerpo. Sueño negro, oscuro, donde las manos recorriendo, acariciando, desgarrando, un cuerpo aún caliente, son sólo el eco de los gritos que se escapan de una boca entreabierta, suspirante, agonizante y extasiada.
Que muerte tan dulce entre los labios, contra sus colmillos.
Y que dolor tan exquisito vislumbrar entre estertores al alma condenada escapar rápido en la oscuridad, ávido de otra víctima tierna a la que desgarrar.