viernes, 16 de noviembre de 2012

Oscuridad.

Estremecida por un mundo que no me comprende, arrasada por lágrimas que me son ajenas, y arrancada de la felicidad con tenazas. Arañada profundamente por un vano esfuerzo de sacarlo de su espiral. Cerrados los ojos del alma, arrancados y tornados en úlceras sangrantes. Ardientes. 
Y así se pegó la purpurina a mi apariencia, adherida a toda la sangre y el dolor. Y llegaron al galope los unicornios, corneando los malos sentimientos, tratando de ahuyentar todo el dolor. Lamiendo con ávido cuidado la sangre de mis heridas.
Y así se escondió mi verdadero yo, a lomos de uno de ellos, perdidas en situaciones que no me pertenecen. Sumergida en lodo negro, oscuro y frío, apagada. Inventado caricias y sonrisas. Suplicante la mirada, escondida, por un abrazo cálido, unos brazos amables. Unos ojos sonrientes que me saquen de esto. Revolviéndome en la cama, mi garganta arrasada por lametones de humo.
Recorriendo mis rincones más profundos, recordando sueños de otros tiempos. Deseando un alma que me busque, que me entienda. Unos labios entreabiertos. Dedos empapados en deseo.
Y cada noche me vence un sueño negro, solitario, que me atrapa y me niega el encuentro con mis unicornios, mis salvadores. Sus letras y sus voces.
Que se clavan, me arañan la espalda y humedecen mi alma.
Llena de dolor y lágrimas, permanezco, cierro los ojos. Y dejo de existir para el mundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario