jueves, 12 de marzo de 2020

Palabraspalabrasputaspalabras

Lento es el proceso de que las palabras sean solo eso. Palabras. De que todas las cosas bonitas de la vida sean como una mentira, hecha de una maraña de palabras, y solo eso. Palabras arriba y abajo, a veces confusas, a veces claras como el agua pero difíciles. A lo mejor es solo que ya no me doy cuenta de cuando tengo uno de mis días y ahora pienso qué. Pero va más allá, es mas intenso, más grande, más. Más maraña. Van y vienen, pero siempre son palabras. A veces tan bonitas. A veces tan poquito, pero siempre. Palabras. Parecen solo eso, pero las putas palabras. Te desmontan, te bajan a la realidad, te ponen en tu puto sitio. Las palabras son la peor y la mejor mierda que me ha pasado nunca. Me dan todo, me ayudan, me calman, cuando fluyen de mis dedos, son capaces de conjurar los hechizos más intensos. Pero cuando fluyen de otros dedos, de otros labios, suaves y cálidos, y empiezan a girar, de nuevo. Cuando giran, me atrapan como siempre, como a una mosca, me retuercen, me hacen ver impulsos eléctricos, luces azules, colores en paredes. Y la espiral se va cerrando y me va atrapando dentro de las marañas, hechas de palabras, y más palabras. Y las marañas me va contando bellas historias, de recuerdos y futuros y fantasías que. Son solo putas palabras.
Bellas pero palabras, y las palabras solo atrapan.
No te cuidan, no te acarician despacito hasta que te duermes, no te sonríen con un ojo aún cerrado.
Solo te explican cómo van a hacerlo, pero nunca.
Parece mentira que sepa usar tantas palabras, para mi propio beneficio, y nunca vea los torrentes de palabras fluir de otras energías. Será la muralla de más y más palabras que me construyo alrededor para no ver como se mezcla de manera inevitable con otras putas palabras.

Sangres. Renacer.

Sólo estoy escupiendo con los dedos lo que creé con la mirada, lo que aprendí en unos ojos marrones, lo que leí en una boca jugosa y sonriente que buscaba la mía, mi olor, buscaba aprenderse el sabor de mi sangre y mi saliva. Sólo estoy plasmando la fuerte impresión que dejó en mi el crujiente sonido de sus dientes mordiendo la dura carne de mi cuello, el escalofrío eléctrico de su lengua calmando el dolor de los mordiscos. Imposible tratar de transmitir la sensación en mi estómago cuando tenía su sonrisa contra la mía, cuando su piel fría me rozaba como pidiendo permiso al principio, y tan decidida y ruda al sentir como se tensaba mi cuerpo, al sentir como cada bocado me hacía un poco más débil. Imposible describir lo rápido que fluía la sangre, entre sus dientes afilados, con su lengua cálida empujando suavemente las venas, para ayudar a mi sangre, roja, densa, y caliente, casi como terciopelo, a fluir más y más rápido.
Y ahora las gotas rojas caen entre mis dedos, vacíos y fríos, pálidos como el mármol. Y escriben su nombre con letras sangrientas en el suelo, contando esta historia al que me encuentre aquí.