Sólo estoy escupiendo con los dedos lo que creé con la mirada, lo que aprendí en unos ojos marrones, lo que leí en una boca jugosa y sonriente que buscaba la mía, mi olor, buscaba aprenderse el sabor de mi sangre y mi saliva. Sólo estoy plasmando la fuerte impresión que dejó en mi el crujiente sonido de sus dientes mordiendo la dura carne de mi cuello, el escalofrío eléctrico de su lengua calmando el dolor de los mordiscos. Imposible tratar de transmitir la sensación en mi estómago cuando tenía su sonrisa contra la mía, cuando su piel fría me rozaba como pidiendo permiso al principio, y tan decidida y ruda al sentir como se tensaba mi cuerpo, al sentir como cada bocado me hacía un poco más débil. Imposible describir lo rápido que fluía la sangre, entre sus dientes afilados, con su lengua cálida empujando suavemente las venas, para ayudar a mi sangre, roja, densa, y caliente, casi como terciopelo, a fluir más y más rápido.
Y ahora las gotas rojas caen entre mis dedos, vacíos y fríos, pálidos como el mármol. Y escriben su nombre con letras sangrientas en el suelo, contando esta historia al que me encuentre aquí.
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