Y así, todo el amor y las ganas que sentía por él se volvieron de color negro, revolviéndose en su estomago.
Giraban como locos en un baile histérico y desenfrenado, un baile de gritos, suspiros y gemidos. Sinfonía desesperada, eco de dos almas en lucha eterna, condenadas a buscarse y no poder rozarse nunca.
Orquesta de alaridos, de escalofríos, y de pieles erizadas que juegan, sin llegar nunca a tocarse, sin llegar a acariciarse. Dos cuerpos que no se atreven a jugar al juego de los mordiscos, por miedo a no saber parar nunca. Miradas cómplices que se cruzan en cualquier esquina, que se muerden con la mente, y anhelan un sólo trocito de piel al que poder agarrarse, que poder buscar y encontrar.
Sólo somos almas en busca de un poco de comprensión, almas en busca de desgarros, de palabras y gemidos.
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