Salí de allí con el corazón en un puño, con las palabras atragantadas y la mente dando vueltas como loca. Salí de allí con las ideas vueltas del revés, la piel de gallina y un par de nuevos propósitos firmes.
Conmovida, emocionada. Salí con ganas de volver a entrar. De mostrarle al mundo de lo que soy capaz. Salí dispuesta a no olvidarme nunca de ninguno de ellos, de ninguno de los personajes que definieron mi concepto del mundo, que le dieron la vuelta a todo aquello en lo que pensaba, y me hicieron soñar durante semanas.
Hamlet. Ofelia. Horacio. Cada cual más bello, y profundo, y perturbador que el anterior.
Hace ya tiempo que los vi, pero sigo teniéndolos presentes cada día.
Por la fuerza de sus palabras, de sus miradas. Por todo lo que me transmitieron y las ganas que me entraron de ser como ellos. De desgarrar almas con palabras, con letras.
De hacer sangrar un corazón como sangró el mío con la muerte de Ofelia, con la violencia perfecta de esos dos hombres, salvajes y desmesurados, bailando con motosierras y dos perras rabiosas y descontroladas.
Como gritaba mi alma por dentro, removiéndose inquieta buscando algo más... Algo que me enseñara a vivir con más fuerza, que me forzara a ser arte cada día. Algo que rebuscara dentro de mí, sacando desde lo más profundo de mis entrañas lo mejor de mí. Espirales de autodestrucción, de dolor barato curado con alcohol aún más barato. Todo eso busco desde entonces, sabiendo que difícilmente igualaré nunca esa sensación con la que salí del teatro, esa sensación de ser capaz de todo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario