Pero él. Que siempre se me escapa, que no me busca, que me huye. Que ahora me esconde la mirada. Él me salvó con un pedazo de pizza casi fría, con palabras bonitas.
Me salvó su sonrisa, me devolvió el aire.
Y sus labios. Que sabían a miel. A paz. A sonrisas. A nosotros.
Con su abrazo, con su despiste, su sueño y su borrachera.
Sus 'sí', sus mañana, que son nunca. Sólo cuando nace. Sale. Quiere.
Y en medio de una calle vacía. De una madrugada oscura, de una noche difícil. Vino a darme todo el aire que me faltó esa noche, todos los sueños que tuve después.
Vino a escaparse un 'te quiero' que tragué con su saliva, con su sabor, con su sonrisa.
Que por fin, tuve su sonrisa contra la mía. La abracé, la retuve en la memoria. Y ahora me ayuda a conciliar el sueño, cada noche que deseo un juntos. Un dormir a su lado. De nuevo. Un quedarme a dormir en su abrazo, en su boca. En sus manos.
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