Los mordiscos, los tirones de pelo justo a tiempo. Todos los orgasmos regalados a la luz que entra por las ventanas cuando está amaneciendo y te despiertas con unos dedos en las braguitas, y unos grandes y fuertes y brillantes dientes apresando la mitad de tu cuello.
Y me siento tan desnuda, vulnerable y exquisita que no puedo evitar retorcerme, volverme loca, morder, arañar, y tragarme los gemidos. Temblar de placer y puro vicio entre sus manos. Tenerle dentro y sentir que igual yo también estoy dentro. De él, de los dos. Que no hay un dentro ni un fuera, porque ya no queda nadie, sólo piel y carne trémula, destrozando las nubes con gemidos. Flotar. Flotar, fundirnos. Juntarnos y. Estar así, para siempre. Humo que escapa con los pájaros que despiertan.
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