Que siempre le dedico demasiado tiempo al viento, que me pierdo en sus suspiros. Me transporto en sus corrientes, me dejo llevar por los nombres y sonidos que me susurra al oído. Que siempre confundo al viento con las almas, dejo que me arrastren, pero nunca me someto. Nunca más, al menos. Sólo los soñadores son capaces de entender, de sufrir, llorar, anhelar y creer de verdad. Somos los únicos capaces de dejarnos ir, escondernos durante meses para sufrir en silencio la tortura de un sueño roto, de vivir con el corazón en una mano y enseñarle cachitos reales, sangrantes, latentes, al mundo entero.
Sólo los que escuchan los susurros, las palabras en la mente. Los soñadores somos los locos, los desesperados. Los que vamos colocados, jodidos o felices, los que luchan por gritar más fuerte y sentir más firme al que tienen al lado. Los locos somos los amos del mundo, pero la cordura a veces es más fuerte, intenta atraparnos en el otro lado, dejarnos ciegos, la cordura quiere que veamos la realidad sin brillo, sin fuego, sin estado de ánimo. Que seamos grises, sordos, que nunca estemos tristes, ni alegres, que no sintamos euforia, ni desesperación. La cordura no da nada nuevo, le quita la magia a la vida, la retuerce, la deja inservible, en la basura, un montón de desperfectos que al menos no huelen, sólo están.
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