Es como cuando algo que de verdad te importa, se te cae de las manos y lo ves precipitarse contra el suelo, romperse en trocitos, en pedazos, es como escuchar el sonido de roto, un fuerte golpe que destruye al instante y en mil partes lo que tan cariñosamente sostenías entre las manos. Es la misma sensación, dura e impactante, es cerrar los ojos y desear que el tiempo vuelva atrás, sólo, para no escuchar el terrible golpe. Un sonido duro y desgarrador que habita más en la propia cabeza que en el propio suelo. La misma sensación que no es física, va por dentro, te invade cuando pierdes algo que creías vital, algo que has convertido no en parte de, sino en tu puta vida diaria. La misma sensación, cerrar los ojos, sentir el nudo en la garganta, el crack en el pecho, las lágrimas calientes rodar y enfriarse por las mejillas. Un deseo único e irrevocable, un algo que sabes imposible que cruza tu mente sin parar. Volver, volver, volver...
Volver atrás en el tiempo sólo existe en ese rincón mágico que te hayas creado para ti mismo, la realidad sólo avanza, jodida hija de puta, en bucles caóticos y confusos, dispuesta a crearte un vacío tan grande, que te sientas incapaz de llenar. El truco no es desafiar a las leyes de la física, la química y la matemática, el truco, el objetivo final, es disfrutar de cada golpe, amar cada rozadura, sentir hasta que duela de placer las grietas que se hacen en la piel que sufre. Una vez conseguido, una vez sentidas hasta sangrar las heridas provocadas por la cruda realidad, toca saber sanar, lamerse despacito las rajas, curar con cada dedo las llagas del alma. Sentir como cada parte del tejido dañado se regenera y expande fortaleza por todo tu cuerpo.
El futuro es incierto, pero que importa si sabremos curar cada daño, y si sentimos que nunca podremos, estamos rodeados de almas hermanas que luchan por recuperarse, siempre juntas.
Ese es el futuro que espero, un tiempo en el que todo está lleno de parches, de piel sana y nueva brillando rosada. Espero un futuro en el que el dolor del pasado ya apenas cuente, pues estoy aprendiendo tanto a curarme sola como a hacerlo en compañía. En la de todas ellas. En la de todos ellos. Lo importante es saber sentir que la vida no acaba en una herida, por cruel y profunda que sea, sino que sigue y poco importa lo que pase, porque le haremos frente desde la fortaleza de un alma sin mácula.
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