domingo, 20 de marzo de 2016

Reflexiones en un tren.

Verdes campos, cielo azul,  aire vibrante colándose en tus oídos. Convertir un viaje en tren en una forma de vida, entendiendo el ir y venir de unos improvisados actores. Veinte suben, bajan diez que nunca más subirán... Otra estación, más sucia, más vieja, color gris y un frío eterno, marcas de historia y desconchados húmedos. Un hombre se sube el cuello del abrigo y se arrebuja dentro, mientras prende un cigarrillo justo debajo de la señal de prohibido fumar.
Dicen que el reflejo de una sociedad es la libertad primaria de la que disfrutan sus individuos. Pero nadie decide, define o recalca el acto de rebeldía que supone la libertad individual. Esta va intrínseca en cada uno, está por encima de imposiciones o libertades sociales, es propia, única en cada individuo. Es lo que permite propiamente sentir miedo o conformidad ante la puta falta de libertad social que cada territorio sufre.
Y la rebeldía no es más que la nomenclatura impuesta a aquellos que se atreven a ondear su propia libertad individual, es la capacidad psicológica de no sentir miedo ante el dominio de tu propio yo.
La personal e interna decisión de someterse al sistema o ejercer por tu cuenta tu propia libertad.

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