Soñé con un dragón dorado, que se elevaba por un cielo oscuro, que nos escondía entre estrellas. Soñé que brillábamos, que volábamos y entrábamos en un universo nuevo. Uno plagado de buenos momentos. Uno lleno de humo y sonrisas. De caricias ocultas. Soñé que follábamos con musas a lomos de criaturas ascentrales, hermosas y místicas. Soñé que acariciamos con la punta de los dedos a la luna, y que la luna no era otra cosa que la piel del otro, que se apagaba el dolor, que el infierno, a nuestros pies, se hundía y se alejaba más que nunca.
Soñé que sonreíamos, y al despertar, tenía los dedos brillantes de magia, los labios gastados, y el alma tranquila.
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