sábado, 18 de abril de 2020

Nunca sé.

Mi casa era un refugio, una cueva, un lugar donde ocultar todo lo que me hacía daño. Mi casa, era un reducto lleno de mazmorras, donde encerraba con candado todo aquello que tengo que cambiar, reconstruir, arreglar.
Y fue irremediable, que cuando alguien irrumpió en mi fortaleza, las puertas de todas las mazmorras empezaran a sacudirse, mis temores aullaran desde dentro, todos aquellos rincones de mi ser a los que había condenado a un frío olvido.
Y fue cuando me escapé, de la misma fortaleza. Cuando reduje mi vida a cuatro cajas de cartón y un par de bolsas de ropa. Fue cuando tuve que abrir la puerta a todas mis mazmorras, y acoger de nuevo en mi coraza a todas mis identidades desterradas.
Fue entonces, al sentirlos dentro, de nuevo como míos, cuando la decisión, la evidencia, se hicieron inevitables.Las mazmorras sólo encierran mierda, (otra vez) palabras vacías, dagas que se clavan más adentro cada vez que los cerrojos tienen que ceder.
Mi reducto de paz no puede depender de un espacio que he hecho susceptible a la corriente de energías ajenas. Debe ser mi reducto interior, una engrasada maquinaria, donde me encuentro conmigo misma y mis peores yo. Una maquinaria que gire sin parar y me permita desde mi misma, ser yo misma.

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