viernes, 21 de diciembre de 2012

Luces.

Como la rendija de cálido sol que se cuela en la cama deshecha, retratando sus caderas desnudas.
Como el débil halo de luz pasando tímido por debajo de una puerta.
Los neones de un bar sucio y oscuro. La llama pequeña y ardiente de un mechero, y el foco rojo de un cigarrro. O de un canuto mal liado.
Como la tenue llama de unas velas, que se mueve cuando suspiras. 
Cómo descubrir si ardes por mí o por el brillo que despide la lumbre de la chimenea.
Si te quemas por mi abrazo o por el calor.
Si te derrites por mis besos y mis dedos, o por que la temperatura parece haber subido.
Sin previo aviso. Sin más advertencia que unos dedos traviesos por mi espalda y una sonrisa deslumbrante.

Como el brillo del vestido de lentejuelas de la puta de la esquina, y el calor del cliente habitual, que acude raudo a disfrutar de sus abrazos.
Borrar sonrisas, desgarrar mi confusión entre sexo sucio, olvidar entre orgasmos lo que me hace sentir el mundo. Vértigo y lágrimas, lágrimas brillantes. Como purpurina, como dulces perlas deslumbrantes alumbrando mis mejillas.

La vida es triste, mi fantasma apagado, mis sueños colapsados, y los dedos temblorosos.
Nada brilla más que mis lágrimas de tristeza, nada reluce tanto como la pena que me consume con cada detalle agotador que me dejas caer.

Los fuegos artificiales del futuro y esa quemazón intensa y dolorida que se clava sin piedad en lo más profundo de mis sueños negros, donde nada brilla. Donde todo duele.

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