Eran lluvia las lágrimas que se escapaban de sus ojos para venir a parar a mis dedos.
Lluvia ácida, y mentira. Eran mentira sus lágrimas, como lo eran sus palabras. Era mentira lo que pedía, lo que me suplicaba temblando. 'Ayúdame. Quiero que me ayudes'.
Y ahora, qué. Es él el decepcionado, el dolido. Ahora es él quien me hace apartar los ojos, mirar hacia abajo, encendiendo un cigarro que ya estaba encendido, para no cruzarme con sus ojos cansados.
Me hace huir con sus miradas de reproche, cuando me debe la vida. Que desaparezco, cada vez que se digna a enseñarnos que sigue vivo. Me escapo rápido si llega con su mochila, esa chaqueta demasiado grande, y esos ojos. Grandes y. Muertos por dentro, pero llenos del brillo de su picardía. Cuánto te ha gustado siempre esa palabra, pequeño. Cuanto te ha gustado siempre que te llamara pequeño, mis abrazos, y mis 'no te vayas'. O que bien has engañado a mi corazón, y al tuyo, todos estos meses.
Intento que no duelas más, que no dejes más marcas en mis brazos, y en mi alma, intento separarme, apartarme, olvidarme. Evadirme de la realidad de que existes para no sentirme más culpable por dejar que te mates, que te arranques el corazón por la nariz y por la lengua. Que las marcas de tus dientes rotos no se han hecho solas. Que el dolor de tu nariz no ha aparecido sin motivo. Que el que yo quiera desaparecer de tu vida y de tus ojos, no es casualidad.
Llámame egoísta, o puta. Juzga lo que hago, y con quién. Haz que te odie, que me arrepienta de haber estado ahí. Haz que no me duela mirarte la cara y ver en lo que estás convirtiendo tu vida.
Pero consíguelo, por que me mata verte de lejos y que me mires así.
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