martes, 19 de febrero de 2013

'Spleen'.

Baudelaire describió el hastío como el peor pecado de la humanidad. Aseguró que es como un millón de gusanos corruptos, que habitan en nuestro cerebro y viajan hasta nuestros pulmones cuando respiramos, y que no son las personas quienes sienten asco, o miedo ante esta circunstancia, si no el propio pecado, sus 'helmintos', los que se sienten corruptos al recorrer el cuerpo humano.
Somos el peor de los pecados, el cáncer más grande. Destruimos cada cosa que roza nuestra piel, una y otra vez. Dejamos pasar la vida, dejamos a la desidia ocupar nuestros días, y ni nos preocupamos. Nos arrepentimos, cuando ya es tarde. Cuando poco queda que hacer. No alimentamos la esperanza, no regalamos sonrisas. Avanzamos por el asfalto con caras grises, serios, cada uno envuelto en su propia bruma de cansancio y arrepentimiento, de preguntas sin respuesta.
Ojalá lamernos las lágrimas y suspirar en el sueño roto de los otros, ojalá un minuto cercano, no suplicar por un abrazo. Ojalá nunca un adiós. Ojalá nunca llegara el momento en el que, después de comernos la boca durante meses, y más meses, tenga que saludarte con dos besos la próxima vez que te vea. A cualquiera. Ojalá el arrepentimiento fuera innecesario, los abusos no existieran, y las lágrimas se secaran solitarias en un corazón vibrante. Ojalá todos los ojos que lo merecen relucieran de felicidad, y ojalá se contagiaran por el aire las sonrisas. Ojalá cerveza, whisky, humo, liar pitis, ojalá una cama cálida en la que acurrucarme con alguien cuando estoy mala, y que me traiga un café caliente con espuma Soledad, que ojalá nunca vuelva a quedarse sola.

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