Sube la cremallera de su vieja bomber, y baja corriendo los cinco pisos de escalera. Furia corre por delante de ella, ansiosa por salir y correr. En la calle, las nubes grises y densas siguen ocultando el sol. Lleva meses sin verlo. No hay nadie, algún coche reventado y guantes y mascarillas usados tirados por el suelo. Por fin se ha hecho tarde para bajar. Una patrulla rezagada pasa por su lado, en un enorme tanque.Van despacio, y aún más despacio cuando la ven. Recorren unos cuantos metros a su lado, el militar de guardia vigilándole desde abajo del enorme y negro cañón. No puede verle la cara, pero al menos ahora él tampoco puede ver la suya. Lo mira a los ojos, que se atisban por debajo del pasamontañas, y él le devuelve una mirada llena de odio y desprecio. Observa sus botas granates y altísimas, sus medias de rejilla llenas de boquetes, el vestido negro con manchas naranjas de lejía y la bomber, con algún trozo de forro asomando del costado. No la paran, y se van, acelerando solo un poco. Nos vamos pero aún podemos verte. Sé buena chica, y métete en casa. Siente como el corazón se ralentiza un poco, aunque casi infarta cuando le vibra en el bolsillo el móvil. Chico Triste está llegando al punto de encuentro. Acelera un poco el paso hasta el descampado lleno de camiones abandonados. Basura e incluso un tanque viejo, abollado y casi quemado. Sueña con pintarle una espiral, colgarle unas luces y un altavoz decente, y pirarse a hacer destrozos. Antes, cuando las cosas estaban mejor, hablaban de vivir en un camión, tiraos en un colchón, rodeados de altavoces y rayas de colores. Hablaban de vivir de lago en lago, de altavoz en altavoz. Vendiendo y comprando, haciendo malabares con la vida en general. No se ha dado cuenta, pero está parada, mirando el tanque, con Furia lloriqueando entre sus pies. Sus ojos parecen estar grises, no parece ni oír la sirena del toque de queda. Su mente está volando muy alto, pensando en otros tiempos. Pensando como follaban en cualquier lado, como él conocía todos sus rincones, y como la llenaba tan bien. Pensando, en como le metía los dedos en la boca, hasta el fondo, y como la falta de aire la hacía temblar, gemir, suspirar. Apretarse y rugir. Pensando en como se la metía tan despacito, tan rico, tan dulce y a la vez. Doliendo tan exquisitamente. Pensando en sus manos fuertes apretando su garganta...
Alguien le toca el hombro con algo de impaciencia, casi increpando. Es Triste. Tiene su hierba calentita, bien empaquetada y pesada al miligramo. Son tiempos duros para todos. Lo mira, sacudiéndose los recuerdos, intentando ignorar cuanto se le han mojado las bragas. Intenta que no vea en su mirada dónde estaba su mente. Es peligroso caminar juntos. Es peligroso que te vean entrando en cualquier portal que no sea el tuyo. Los vecinos están enloquecidos denunciándose por todo, y la poli ya no necesita ni una puta orden para irrumpir en tu casa a buscar a quien quiera. Los vídeos que se extienden en la deep web son tan heavys que desaparecen hasta de ahí. Coge la bolsa y la guarda en la riñonera, mirando frenética a los lados. Aquí no hay balcones, pero hasta los retrovisores tienen ojos hoy en día. Y de repente. Sus ojos se cruzan sin querer. Esos ojos negros, como un profundo pozo de agua helada... Siente frío, siente que se ha caído al pozo. Otra vez. Lleva tanto tiempo sola, encerrada. Tanto tiempo fría. Y ahora la frialdad del pozo le resulta reconfortante, incluso. Cálida. Joder, escupe Triste. No hay nadie. Es tarde, todo está oscuro. Apenas hay persianas levantadas, o luces encendidas. Y de pronto parece tan natural, tan pactado. Entran al tanque, sin hablarse, y apenas la trampilla se ha cerrado. Triste la mira a los ojos, le muerde la cara, el cuello. Le muerde los labios hasta hacerle sangre, y ella sólo siente. Que ya está perdida, que mañana no llegará nunca
No hay nada, ni tanque, ni los cerdos con las porras y las putas metralletas, no hay virus ni vecinos policía. Sólo está su boca deliciosa, por todas partes, los huesos de sus caderas, y su polla, dura, venosa y sedienta de su humedad. Pasan horas sin hacer otra cosa que follar como antes, ella se siente morir tantas veces... Es la muerte más dulce, con sus dedos muy dentro de la boquita, una mano rodeándole el cuello, y sus dientes mordiendo la carne, abriendo marcas oscuras, abismos de recuerdos en la blanca piel de su cuello, de sus tetas, de su coño. Hacía demasiado, pero no parece haber cambiado nada. El ansía de él era la misma, el placer por que la hiciera sufrir. Sólo ha cambiado. Él. Ahora es más violento, más rudo. No le importa nada. Pero a ella le viene bien. Siempre le ha gustado su cara más turbia. Por eso se había ido. Piensa en todo y en nada, mientras los ojos se le ponen en blanco y un gemido se ahoga entre los dedos de Triste. Él aún no ha terminado, y acaba corriéndose en su carita, en su boca abierta. Tiembla mientras ella pasa la lengua muy despacio por su capullo aún hinchado. Triste enrolla un canuto y lo prende. Casi sin querer pasa un brazo alrededor de ella, y le ofrece la hierba. Se ha corrido tantas veces que con dos caladas siente que se le cierran los ojos. Siente su olor. Su calor en la cara. Su mano reposando en su cadera, un dedo acariciándole suavemente el culo. Y todo se pone negro joder.
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