Aire frío colándose por las rendijas de la ventana de madera... Luz tenue pero deslumbrante atraviesa la persiana bajada, y le acaricia los párpados. Se arrebuja en la chaqueta. Furia le lame la cara, desesperada por llamar su atención. Rekka abre los ojos de golpe, entendiendo de una puta vez donde coño está. No hay ventanas de madera, ni persianas bajadas. Hay una trampilla gigante y pesada, jodidamente oxidada. Se ha quedado dormida en el puto tanque. Se da la vuelta, aún aturdida, pero Triste no está. Hijo de puta. Ha vuelto a dejarla sola. Masculla entre dientes, cagándose en su puta madre por quedarse dormida y en la de Triste por ser tan cabrón como siempre. Por la intensidad de la luz, cree que no debe ser muy de día, pero las patrullas rondan toda la noche. El móvil está apagado, sin batería. Furia está desesperada, y ya sabe lo que significa. Tiene que correr, se acaba el tiempo. Le da la vuelta a la chaqueta, se recoge el pelo y lo oculta bajo la capucha. Se pone las medias como calentadores sobre las botas, y se enrolla la bufanda alrededor del vestido. Abre la trampilla, preparada para correr si ve algún uniforme verde oscuro. La calle parece tan vacía como ayer. La luz es más tenue de lo que pensaba, pero de repente, empieza a sonar la sirena que rompe el toque de queda.Ya se puede salir, sólo a lo necesario, pero estar en la calle ya no supone el riesgo de la noche. Aunque llevar 200 gramos de marihuana en la riñonera, hace muy difícil moverse a plena luz del día, por mucho perro o medicinas que portes por bandera. Camina rápido y nerviosa, atenta a cualquier movimiento, por leve que sea. Tiene erizado el pelo de la nuca y le tiemblan los dedos y las rodillas. Hoy en día, las patrullas no preguntan. Te cruzan la puta cara, o te revientan las rodillas de un porrazo. Después se preocupan de lo que haces en la calle, de si llevas un puto permiso, y de registrar cada bolsillo y rincón de tu ropa, y tu cuerpo. No dudan en dejarte en pelotas en medio de la calle mojada, y tirarte el legítimo permiso por encima después. Sin cargos ni multa, ningún desgraciado acojonado va a quejarse. Sólo va a correr a meterse en casa, a morirse de hambre y miedo hasta que sus hijos no puedan más.
Toda esa violencia está cruzando por su cabeza a la velocidad de la luz, mientras intenta caminar con normalidad, y no salir corriendo. Se cruza con un barrendero. El pobre hombre lleva una mascarilla cuyo color es ya inidentificable, y unos guantes con las puntas de los dedos rotas. Camina despacio, arrastrando el carrito. Lleva unas gafas de bucear viejas para protegerse los ojos, pero desde lejos Rekka puede ver las rajas del plástico barato y quemado. No puede dejar de mirar un agujero enorme justo a la altura de la ceja izquierda. La verdad, es una imagen deplorable de la protección que el puto estado está otorgando a los trabajadores de servicios básicos. Ni siquiera cuando todo empezó habían tenido medidas suficientes, qué cojones. Rekka se cruza con él, y mete una mano en el bolsillo. Lleva guantes de sobra, se llevó un buen cargamento del estudio de Chico Triste cuando las cosas empezaron a ponerse jodidas de verdad. Saca unos cuantos pares, y sin decir nada, con el brazo extendido, se los tiende al hombre. Pero el barrendero ni la mira, se aleja aún más, y apresura el paso. Joder. La peña ni se mira hoy en día, cómo se te ocurre. Camina más rápido, pero al fondo del parque atisba un cañón negro y enorme, amenazante. Con el corazón encogido, se desvía por el callejón más cercano. No queda mucho, pero están justo al lado. Furia siente sus nervios, su angustia, empieza a llorar. Por favor, por favor, cállate. Ya estamos pequeña. Dos esquinas, una esquina. Y el portal, lleno de pintadas, aparece ante sus ojos. Y de repente ese ruido... Las orugas de un tanque no son un sonido fácil de confundir una vez las has escuchado. Está justo enfrente, pero se aguanta las ganas locas de salir corriendo, se muerde los labios, aprieta la mandíbula. Sujeta a Furia, que sabe que algo está pasando. Y justo antes de que el tanque gire la última esquina... Ella ya está dentro, a salvo, escondida para que no se vea su silueta a traves del cristal roto.
Siente que se ha dejado el corazón, y los pulmones, dentro del puto tanque, junto a un par de cosas más que perdió ayer. Se da cuenta ahora de que las bragas al menos, sí se las ha dejado. Joder. Abre la bolsa de Triste, y un rico olor a Bubblegum inunda la casa. Que puta maravilla de hierba sabe hacer el cabrón, piensa mientras se hace un porro y babea de las ganas de fumar.
Se prepara un baño, con sales, y espuma, y esencias relajantes. Hace años que no se permitía una mierda como esa, pero joder. Evitar a los putos militares dos veces en menos de doce horas era algo por lo que darse un capricho. Se mete en la bañera amarillenta, y el agua caliente y el vapor acarician su piel pálida y pecosa. Se frota el pelo rojo, que está demasiado largo, y muy enredado, y deja caer el porro de entre los dedos. Mete los brazos, las manos, y los dedos en la bañera. Y enseguida se acuerda del cuerpo caliente y blanco de Triste, de sus manos fuertes, de lo duro que está siempre para ella. No sólo para ella. Y se toca un buen rato pensando en anoche. A saber cuándo coño volverá a echar un polvo, uno decente al menos. Ya se conoce tanto a sí misma, que está aburrida de correrse sola. No ha hecho otra cosa durante meses. Llorar. Pensar. Dibujar bocetos del tanque.
Y justo antes de quedarse dormida toma una decisión. Va a arreglar ese puto tanque, va a ponerlo a punto. Ha leído en la deep web sobre colonias de peña, travellers, raveros, punkys, con camiones vivienda. Camiones con ruedas gigantes, y trailers enormes, con mullidas camas, mantas limpias, duchas. Siguen la corriente T.A.Z, y son nómadas. Crean un entorno autogestionado, al margen de la ley, con sus propios recursos. Joder, incluso seguían montando fiestas paganas alrededor de un Funktion One. Al menos eso decían los cyber punkys. Porqué coño no iba a poder vivir en un tanque, buscar su colonia, aportar su fuerza de trabajo. Estaba quemada de estar sola, sólo viendo de vez en cuando al puto Triste y un par de colegas más. Necesitaba vida, fiesta, MÚSICA. Libertad, joder. La libertad que sólo puede proporcionarte vivir al margen la ley.
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