Y qué tengo que ver conmigo misma. Qué tengo que ver con el charco de sangre en el suelo. Con los jirones de carne deshecha y fresca que lo rodean. Qué tengo que ver con los gritos, aullidos más bien, llenos de dolor que aún resuenan en mis oídos. No sé bien que está pasando, pero a mi alrededor todo es rojo y púrpura, todo late, los sonidos me aturden.
Algo ha pasado, algo duro, intenso, sangriento. Algo ha salido de mí. O ha entrado en mí. Hay sangre en mis dedos, mis manos, hay sangre, mucha sangre. Hay sangre hasta en mis codos, mi cuello, en la curva de mi mandíbula. Hay sangre en mis labios, el sabor metálico lo llena todo. Hay trozos de piel en mis dientes, debajo de mis uñas. Y dentro de mí crece una bola, ardiente, sangrante, roja, negra.
Sigo sin ser consciente de mí misma, sin saber qué pasa, pero sí sé que no puedo, no quiero contenerme. La sangre sigue cubriendo mi cuerpo, hundo mis dedos en la carne del suelo, en lo que no hace tanto, apenas segundos, era un cuerpo cálido, dulce, suave, un cuerpo que latía, vibraba de placer. Pero ha chocado con mi naturaleza, ha chocado con el instinto. El hambre. El hambre que lo consume todo, lo bebe todo, acaba con todo.
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