Aire frío colándose por las rendijas de la ventana de madera... Luz tenue pero deslumbrante atraviesa la persiana bajada, y le acaricia los párpados. Se arrebuja en la chaqueta. Furia le lame la cara, desesperada por llamar su atención. Rekka abre los ojos de golpe, entendiendo de una puta vez donde coño está. No hay ventanas de madera, ni persianas bajadas. Hay una trampilla gigante y pesada, jodidamente oxidada. Se ha quedado dormida en el puto tanque. Se da la vuelta, aún aturdida, pero Triste no está. Hijo de puta. Ha vuelto a dejarla sola. Masculla entre dientes, cagándose en su puta madre por quedarse dormida y en la de Triste por ser tan cabrón como siempre. Por la intensidad de la luz, cree que no debe ser muy de día, pero las patrullas rondan toda la noche. El móvil está apagado, sin batería. Furia está desesperada, y ya sabe lo que significa. Tiene que correr, se acaba el tiempo. Le da la vuelta a la chaqueta, se recoge el pelo y lo oculta bajo la capucha. Se pone las medias como calentadores sobre las botas, y se enrolla la bufanda alrededor del vestido. Abre la trampilla, preparada para correr si ve algún uniforme verde oscuro. La calle parece tan vacía como ayer. La luz es más tenue de lo que pensaba, pero de repente, empieza a sonar la sirena que rompe el toque de queda.Ya se puede salir, sólo a lo necesario, pero estar en la calle ya no supone el riesgo de la noche. Aunque llevar 200 gramos de marihuana en la riñonera, hace muy difícil moverse a plena luz del día, por mucho perro o medicinas que portes por bandera. Camina rápido y nerviosa, atenta a cualquier movimiento, por leve que sea. Tiene erizado el pelo de la nuca y le tiemblan los dedos y las rodillas. Hoy en día, las patrullas no preguntan. Te cruzan la puta cara, o te revientan las rodillas de un porrazo. Después se preocupan de lo que haces en la calle, de si llevas un puto permiso, y de registrar cada bolsillo y rincón de tu ropa, y tu cuerpo. No dudan en dejarte en pelotas en medio de la calle mojada, y tirarte el legítimo permiso por encima después. Sin cargos ni multa, ningún desgraciado acojonado va a quejarse. Sólo va a correr a meterse en casa, a morirse de hambre y miedo hasta que sus hijos no puedan más.
Toda esa violencia está cruzando por su cabeza a la velocidad de la luz, mientras intenta caminar con normalidad, y no salir corriendo. Se cruza con un barrendero. El pobre hombre lleva una mascarilla cuyo color es ya inidentificable, y unos guantes con las puntas de los dedos rotas. Camina despacio, arrastrando el carrito. Lleva unas gafas de bucear viejas para protegerse los ojos, pero desde lejos Rekka puede ver las rajas del plástico barato y quemado. No puede dejar de mirar un agujero enorme justo a la altura de la ceja izquierda. La verdad, es una imagen deplorable de la protección que el puto estado está otorgando a los trabajadores de servicios básicos. Ni siquiera cuando todo empezó habían tenido medidas suficientes, qué cojones. Rekka se cruza con él, y mete una mano en el bolsillo. Lleva guantes de sobra, se llevó un buen cargamento del estudio de Chico Triste cuando las cosas empezaron a ponerse jodidas de verdad. Saca unos cuantos pares, y sin decir nada, con el brazo extendido, se los tiende al hombre. Pero el barrendero ni la mira, se aleja aún más, y apresura el paso. Joder. La peña ni se mira hoy en día, cómo se te ocurre. Camina más rápido, pero al fondo del parque atisba un cañón negro y enorme, amenazante. Con el corazón encogido, se desvía por el callejón más cercano. No queda mucho, pero están justo al lado. Furia siente sus nervios, su angustia, empieza a llorar. Por favor, por favor, cállate. Ya estamos pequeña. Dos esquinas, una esquina. Y el portal, lleno de pintadas, aparece ante sus ojos. Y de repente ese ruido... Las orugas de un tanque no son un sonido fácil de confundir una vez las has escuchado. Está justo enfrente, pero se aguanta las ganas locas de salir corriendo, se muerde los labios, aprieta la mandíbula. Sujeta a Furia, que sabe que algo está pasando. Y justo antes de que el tanque gire la última esquina... Ella ya está dentro, a salvo, escondida para que no se vea su silueta a traves del cristal roto.
Siente que se ha dejado el corazón, y los pulmones, dentro del puto tanque, junto a un par de cosas más que perdió ayer. Se da cuenta ahora de que las bragas al menos, sí se las ha dejado. Joder. Abre la bolsa de Triste, y un rico olor a Bubblegum inunda la casa. Que puta maravilla de hierba sabe hacer el cabrón, piensa mientras se hace un porro y babea de las ganas de fumar.
Se prepara un baño, con sales, y espuma, y esencias relajantes. Hace años que no se permitía una mierda como esa, pero joder. Evitar a los putos militares dos veces en menos de doce horas era algo por lo que darse un capricho. Se mete en la bañera amarillenta, y el agua caliente y el vapor acarician su piel pálida y pecosa. Se frota el pelo rojo, que está demasiado largo, y muy enredado, y deja caer el porro de entre los dedos. Mete los brazos, las manos, y los dedos en la bañera. Y enseguida se acuerda del cuerpo caliente y blanco de Triste, de sus manos fuertes, de lo duro que está siempre para ella. No sólo para ella. Y se toca un buen rato pensando en anoche. A saber cuándo coño volverá a echar un polvo, uno decente al menos. Ya se conoce tanto a sí misma, que está aburrida de correrse sola. No ha hecho otra cosa durante meses. Llorar. Pensar. Dibujar bocetos del tanque.
Y justo antes de quedarse dormida toma una decisión. Va a arreglar ese puto tanque, va a ponerlo a punto. Ha leído en la deep web sobre colonias de peña, travellers, raveros, punkys, con camiones vivienda. Camiones con ruedas gigantes, y trailers enormes, con mullidas camas, mantas limpias, duchas. Siguen la corriente T.A.Z, y son nómadas. Crean un entorno autogestionado, al margen de la ley, con sus propios recursos. Joder, incluso seguían montando fiestas paganas alrededor de un Funktion One. Al menos eso decían los cyber punkys. Porqué coño no iba a poder vivir en un tanque, buscar su colonia, aportar su fuerza de trabajo. Estaba quemada de estar sola, sólo viendo de vez en cuando al puto Triste y un par de colegas más. Necesitaba vida, fiesta, MÚSICA. Libertad, joder. La libertad que sólo puede proporcionarte vivir al margen la ley.
martes, 31 de marzo de 2020
No te va a dar tiempo a irte a vivir al campo (I).
Se calza las botas, se ajusta la mascarilla nueva, negra y mate, y saca unos guantes limpios de la caja de esterilización. Últimamente, el aire es más tóxico que de costumbre. Dicen que una nueva cepa del virus se está extendiendo aún más rápido, y que esta vez, ataca con más fuerza al sistema nervioso que al respiratorio. De momento sólo son rumores en foros de la deep web, pero por su experiencia en los últimos años, la única manera fiable de enterarse de algo es la nueva corriente de hackers cyber punks, que escriben verdad desde sus habitaciones oscuras. Últimamente en los foros parece haber tensión, como si algo se estuviera esparciendo igual de rápido que las infecciones pero a través de las ondas e impulsos eléctricos. Hablan de peña desaparecida, muerta o muy jodida. Hablan de los efectos de la droga caníbal, pero sin polvos de por medio. El vecino de un vecino y esas mierdas, pero. Todas las cepas del virus que lleva ya años acechando, han empezado así a difundirse. Los medios ya no explican una puta mierda. Tampoco es que nos dieran mucha información al principio de todo esto. Pero los tiempos se han vuelto muy oscuros, la puta policía hace mucho que ni intenta ocultar el abuso de poder y la violencia que ejercen sobre el pueblo como los perros del estado que son. La gente vive acojonada, aparta la mirada por la calle. Hace meses que no escucha una risa, un grito, a alguien cantando. Aún así, la subcultura, la contracultura, siempre encuentra un hueco en la oscuridad. Pero la clandestinidad nunca tuvo tanta importancia.
Sube la cremallera de su vieja bomber, y baja corriendo los cinco pisos de escalera. Furia corre por delante de ella, ansiosa por salir y correr. En la calle, las nubes grises y densas siguen ocultando el sol. Lleva meses sin verlo. No hay nadie, algún coche reventado y guantes y mascarillas usados tirados por el suelo. Por fin se ha hecho tarde para bajar. Una patrulla rezagada pasa por su lado, en un enorme tanque.Van despacio, y aún más despacio cuando la ven. Recorren unos cuantos metros a su lado, el militar de guardia vigilándole desde abajo del enorme y negro cañón. No puede verle la cara, pero al menos ahora él tampoco puede ver la suya. Lo mira a los ojos, que se atisban por debajo del pasamontañas, y él le devuelve una mirada llena de odio y desprecio. Observa sus botas granates y altísimas, sus medias de rejilla llenas de boquetes, el vestido negro con manchas naranjas de lejía y la bomber, con algún trozo de forro asomando del costado. No la paran, y se van, acelerando solo un poco. Nos vamos pero aún podemos verte. Sé buena chica, y métete en casa. Siente como el corazón se ralentiza un poco, aunque casi infarta cuando le vibra en el bolsillo el móvil. Chico Triste está llegando al punto de encuentro. Acelera un poco el paso hasta el descampado lleno de camiones abandonados. Basura e incluso un tanque viejo, abollado y casi quemado. Sueña con pintarle una espiral, colgarle unas luces y un altavoz decente, y pirarse a hacer destrozos. Antes, cuando las cosas estaban mejor, hablaban de vivir en un camión, tiraos en un colchón, rodeados de altavoces y rayas de colores. Hablaban de vivir de lago en lago, de altavoz en altavoz. Vendiendo y comprando, haciendo malabares con la vida en general. No se ha dado cuenta, pero está parada, mirando el tanque, con Furia lloriqueando entre sus pies. Sus ojos parecen estar grises, no parece ni oír la sirena del toque de queda. Su mente está volando muy alto, pensando en otros tiempos. Pensando como follaban en cualquier lado, como él conocía todos sus rincones, y como la llenaba tan bien. Pensando, en como le metía los dedos en la boca, hasta el fondo, y como la falta de aire la hacía temblar, gemir, suspirar. Apretarse y rugir. Pensando en como se la metía tan despacito, tan rico, tan dulce y a la vez. Doliendo tan exquisitamente. Pensando en sus manos fuertes apretando su garganta...
Alguien le toca el hombro con algo de impaciencia, casi increpando. Es Triste. Tiene su hierba calentita, bien empaquetada y pesada al miligramo. Son tiempos duros para todos. Lo mira, sacudiéndose los recuerdos, intentando ignorar cuanto se le han mojado las bragas. Intenta que no vea en su mirada dónde estaba su mente. Es peligroso caminar juntos. Es peligroso que te vean entrando en cualquier portal que no sea el tuyo. Los vecinos están enloquecidos denunciándose por todo, y la poli ya no necesita ni una puta orden para irrumpir en tu casa a buscar a quien quiera. Los vídeos que se extienden en la deep web son tan heavys que desaparecen hasta de ahí. Coge la bolsa y la guarda en la riñonera, mirando frenética a los lados. Aquí no hay balcones, pero hasta los retrovisores tienen ojos hoy en día. Y de repente. Sus ojos se cruzan sin querer. Esos ojos negros, como un profundo pozo de agua helada... Siente frío, siente que se ha caído al pozo. Otra vez. Lleva tanto tiempo sola, encerrada. Tanto tiempo fría. Y ahora la frialdad del pozo le resulta reconfortante, incluso. Cálida. Joder, escupe Triste. No hay nadie. Es tarde, todo está oscuro. Apenas hay persianas levantadas, o luces encendidas. Y de pronto parece tan natural, tan pactado. Entran al tanque, sin hablarse, y apenas la trampilla se ha cerrado. Triste la mira a los ojos, le muerde la cara, el cuello. Le muerde los labios hasta hacerle sangre, y ella sólo siente. Que ya está perdida, que mañana no llegará nunca
No hay nada, ni tanque, ni los cerdos con las porras y las putas metralletas, no hay virus ni vecinos policía. Sólo está su boca deliciosa, por todas partes, los huesos de sus caderas, y su polla, dura, venosa y sedienta de su humedad. Pasan horas sin hacer otra cosa que follar como antes, ella se siente morir tantas veces... Es la muerte más dulce, con sus dedos muy dentro de la boquita, una mano rodeándole el cuello, y sus dientes mordiendo la carne, abriendo marcas oscuras, abismos de recuerdos en la blanca piel de su cuello, de sus tetas, de su coño. Hacía demasiado, pero no parece haber cambiado nada. El ansía de él era la misma, el placer por que la hiciera sufrir. Sólo ha cambiado. Él. Ahora es más violento, más rudo. No le importa nada. Pero a ella le viene bien. Siempre le ha gustado su cara más turbia. Por eso se había ido. Piensa en todo y en nada, mientras los ojos se le ponen en blanco y un gemido se ahoga entre los dedos de Triste. Él aún no ha terminado, y acaba corriéndose en su carita, en su boca abierta. Tiembla mientras ella pasa la lengua muy despacio por su capullo aún hinchado. Triste enrolla un canuto y lo prende. Casi sin querer pasa un brazo alrededor de ella, y le ofrece la hierba. Se ha corrido tantas veces que con dos caladas siente que se le cierran los ojos. Siente su olor. Su calor en la cara. Su mano reposando en su cadera, un dedo acariciándole suavemente el culo. Y todo se pone negro joder.
Sube la cremallera de su vieja bomber, y baja corriendo los cinco pisos de escalera. Furia corre por delante de ella, ansiosa por salir y correr. En la calle, las nubes grises y densas siguen ocultando el sol. Lleva meses sin verlo. No hay nadie, algún coche reventado y guantes y mascarillas usados tirados por el suelo. Por fin se ha hecho tarde para bajar. Una patrulla rezagada pasa por su lado, en un enorme tanque.Van despacio, y aún más despacio cuando la ven. Recorren unos cuantos metros a su lado, el militar de guardia vigilándole desde abajo del enorme y negro cañón. No puede verle la cara, pero al menos ahora él tampoco puede ver la suya. Lo mira a los ojos, que se atisban por debajo del pasamontañas, y él le devuelve una mirada llena de odio y desprecio. Observa sus botas granates y altísimas, sus medias de rejilla llenas de boquetes, el vestido negro con manchas naranjas de lejía y la bomber, con algún trozo de forro asomando del costado. No la paran, y se van, acelerando solo un poco. Nos vamos pero aún podemos verte. Sé buena chica, y métete en casa. Siente como el corazón se ralentiza un poco, aunque casi infarta cuando le vibra en el bolsillo el móvil. Chico Triste está llegando al punto de encuentro. Acelera un poco el paso hasta el descampado lleno de camiones abandonados. Basura e incluso un tanque viejo, abollado y casi quemado. Sueña con pintarle una espiral, colgarle unas luces y un altavoz decente, y pirarse a hacer destrozos. Antes, cuando las cosas estaban mejor, hablaban de vivir en un camión, tiraos en un colchón, rodeados de altavoces y rayas de colores. Hablaban de vivir de lago en lago, de altavoz en altavoz. Vendiendo y comprando, haciendo malabares con la vida en general. No se ha dado cuenta, pero está parada, mirando el tanque, con Furia lloriqueando entre sus pies. Sus ojos parecen estar grises, no parece ni oír la sirena del toque de queda. Su mente está volando muy alto, pensando en otros tiempos. Pensando como follaban en cualquier lado, como él conocía todos sus rincones, y como la llenaba tan bien. Pensando, en como le metía los dedos en la boca, hasta el fondo, y como la falta de aire la hacía temblar, gemir, suspirar. Apretarse y rugir. Pensando en como se la metía tan despacito, tan rico, tan dulce y a la vez. Doliendo tan exquisitamente. Pensando en sus manos fuertes apretando su garganta...
Alguien le toca el hombro con algo de impaciencia, casi increpando. Es Triste. Tiene su hierba calentita, bien empaquetada y pesada al miligramo. Son tiempos duros para todos. Lo mira, sacudiéndose los recuerdos, intentando ignorar cuanto se le han mojado las bragas. Intenta que no vea en su mirada dónde estaba su mente. Es peligroso caminar juntos. Es peligroso que te vean entrando en cualquier portal que no sea el tuyo. Los vecinos están enloquecidos denunciándose por todo, y la poli ya no necesita ni una puta orden para irrumpir en tu casa a buscar a quien quiera. Los vídeos que se extienden en la deep web son tan heavys que desaparecen hasta de ahí. Coge la bolsa y la guarda en la riñonera, mirando frenética a los lados. Aquí no hay balcones, pero hasta los retrovisores tienen ojos hoy en día. Y de repente. Sus ojos se cruzan sin querer. Esos ojos negros, como un profundo pozo de agua helada... Siente frío, siente que se ha caído al pozo. Otra vez. Lleva tanto tiempo sola, encerrada. Tanto tiempo fría. Y ahora la frialdad del pozo le resulta reconfortante, incluso. Cálida. Joder, escupe Triste. No hay nadie. Es tarde, todo está oscuro. Apenas hay persianas levantadas, o luces encendidas. Y de pronto parece tan natural, tan pactado. Entran al tanque, sin hablarse, y apenas la trampilla se ha cerrado. Triste la mira a los ojos, le muerde la cara, el cuello. Le muerde los labios hasta hacerle sangre, y ella sólo siente. Que ya está perdida, que mañana no llegará nunca
No hay nada, ni tanque, ni los cerdos con las porras y las putas metralletas, no hay virus ni vecinos policía. Sólo está su boca deliciosa, por todas partes, los huesos de sus caderas, y su polla, dura, venosa y sedienta de su humedad. Pasan horas sin hacer otra cosa que follar como antes, ella se siente morir tantas veces... Es la muerte más dulce, con sus dedos muy dentro de la boquita, una mano rodeándole el cuello, y sus dientes mordiendo la carne, abriendo marcas oscuras, abismos de recuerdos en la blanca piel de su cuello, de sus tetas, de su coño. Hacía demasiado, pero no parece haber cambiado nada. El ansía de él era la misma, el placer por que la hiciera sufrir. Sólo ha cambiado. Él. Ahora es más violento, más rudo. No le importa nada. Pero a ella le viene bien. Siempre le ha gustado su cara más turbia. Por eso se había ido. Piensa en todo y en nada, mientras los ojos se le ponen en blanco y un gemido se ahoga entre los dedos de Triste. Él aún no ha terminado, y acaba corriéndose en su carita, en su boca abierta. Tiembla mientras ella pasa la lengua muy despacio por su capullo aún hinchado. Triste enrolla un canuto y lo prende. Casi sin querer pasa un brazo alrededor de ella, y le ofrece la hierba. Se ha corrido tantas veces que con dos caladas siente que se le cierran los ojos. Siente su olor. Su calor en la cara. Su mano reposando en su cadera, un dedo acariciándole suavemente el culo. Y todo se pone negro joder.
Quién soy yo.
Y qué tengo que ver conmigo misma. Qué tengo que ver con el charco de sangre en el suelo. Con los jirones de carne deshecha y fresca que lo rodean. Qué tengo que ver con los gritos, aullidos más bien, llenos de dolor que aún resuenan en mis oídos. No sé bien que está pasando, pero a mi alrededor todo es rojo y púrpura, todo late, los sonidos me aturden.
Algo ha pasado, algo duro, intenso, sangriento. Algo ha salido de mí. O ha entrado en mí. Hay sangre en mis dedos, mis manos, hay sangre, mucha sangre. Hay sangre hasta en mis codos, mi cuello, en la curva de mi mandíbula. Hay sangre en mis labios, el sabor metálico lo llena todo. Hay trozos de piel en mis dientes, debajo de mis uñas. Y dentro de mí crece una bola, ardiente, sangrante, roja, negra.
Sigo sin ser consciente de mí misma, sin saber qué pasa, pero sí sé que no puedo, no quiero contenerme. La sangre sigue cubriendo mi cuerpo, hundo mis dedos en la carne del suelo, en lo que no hace tanto, apenas segundos, era un cuerpo cálido, dulce, suave, un cuerpo que latía, vibraba de placer. Pero ha chocado con mi naturaleza, ha chocado con el instinto. El hambre. El hambre que lo consume todo, lo bebe todo, acaba con todo.
Algo ha pasado, algo duro, intenso, sangriento. Algo ha salido de mí. O ha entrado en mí. Hay sangre en mis dedos, mis manos, hay sangre, mucha sangre. Hay sangre hasta en mis codos, mi cuello, en la curva de mi mandíbula. Hay sangre en mis labios, el sabor metálico lo llena todo. Hay trozos de piel en mis dientes, debajo de mis uñas. Y dentro de mí crece una bola, ardiente, sangrante, roja, negra.
Sigo sin ser consciente de mí misma, sin saber qué pasa, pero sí sé que no puedo, no quiero contenerme. La sangre sigue cubriendo mi cuerpo, hundo mis dedos en la carne del suelo, en lo que no hace tanto, apenas segundos, era un cuerpo cálido, dulce, suave, un cuerpo que latía, vibraba de placer. Pero ha chocado con mi naturaleza, ha chocado con el instinto. El hambre. El hambre que lo consume todo, lo bebe todo, acaba con todo.
lunes, 30 de marzo de 2020
FUCK YOUR MORALS
Sólo necesito dejar fluir las palabras, escucharme de una puta vez. Necesito identificar quién coño soy ahora mismo, o qué me creo que soy. Soy lo que quiero ser en cada momento, digo lo que pienso y punto, y luego pienso lo que digo, aunque a veces me arrepienta.
Me desnudo muy rápido hasta que veo que todo es la misma mierda, diferente día. Y vuelvo a levantar el muro. Hay gente que sólo te inspira a. Eso. A construir un muro de hormigón y blindarlo con láminas de hielo y diamante, acero, titanio. Cualquier material que resista las hostias que te dan en esta puta vida, o que te das tu misma.
El mundo fuera se está derrumbando, y yo dentro con él Sólo quiero salir, a recibir los cascotes, a luchar como siempre con el puto día a día y sus piedras del camino. Necesito no escucharme porque necesito tanto escucharme, que no quiero. Prefiero luchar contra todo y refugiarme en algo bonito, suave. Refugiarme en cuidados, en empoderamiento. Sin darme cuenta de que empoderarme no sirve de nada si no viene desde lo más profundo de. Mí. O dándome cuenta pero apartando los oídos de todo lo que me sale del corazón.
Por eso estos días grises, estoy derribando el muro, poco a poco, sin mucho cuidado porque quiero tener prisa, pero con paciencia, para que las grietas en el hielo no abran heridas con sus puntas afiladas, heridas tan propias que no sanan nunca. Estoy derribando el muro con mis propias manos, con mis dedos, rascando concienzudamente hasta encontrar la grieta que lo derrumbe todo.
Dentro del muro hay algo que late cálido y vibrante. Y aún más dentro, estoy yo, con mis fallos y mis propósitos y mis caídas y mis ahogos. Y estoy deseando salir a enseñarle al mundo que no, que no soy normal, pero que le jodan a todos lo que me miran por encima del hombro. Las mejores personas nunca lo son, ¿No? Y quién es normal en estos tiempos podridos, JÁ.
Me desnudo muy rápido hasta que veo que todo es la misma mierda, diferente día. Y vuelvo a levantar el muro. Hay gente que sólo te inspira a. Eso. A construir un muro de hormigón y blindarlo con láminas de hielo y diamante, acero, titanio. Cualquier material que resista las hostias que te dan en esta puta vida, o que te das tu misma.
El mundo fuera se está derrumbando, y yo dentro con él Sólo quiero salir, a recibir los cascotes, a luchar como siempre con el puto día a día y sus piedras del camino. Necesito no escucharme porque necesito tanto escucharme, que no quiero. Prefiero luchar contra todo y refugiarme en algo bonito, suave. Refugiarme en cuidados, en empoderamiento. Sin darme cuenta de que empoderarme no sirve de nada si no viene desde lo más profundo de. Mí. O dándome cuenta pero apartando los oídos de todo lo que me sale del corazón.
Por eso estos días grises, estoy derribando el muro, poco a poco, sin mucho cuidado porque quiero tener prisa, pero con paciencia, para que las grietas en el hielo no abran heridas con sus puntas afiladas, heridas tan propias que no sanan nunca. Estoy derribando el muro con mis propias manos, con mis dedos, rascando concienzudamente hasta encontrar la grieta que lo derrumbe todo.
Dentro del muro hay algo que late cálido y vibrante. Y aún más dentro, estoy yo, con mis fallos y mis propósitos y mis caídas y mis ahogos. Y estoy deseando salir a enseñarle al mundo que no, que no soy normal, pero que le jodan a todos lo que me miran por encima del hombro. Las mejores personas nunca lo son, ¿No? Y quién es normal en estos tiempos podridos, JÁ.
Ilustración de Luis Quiles.
domingo, 22 de marzo de 2020
''Como el sueño recurrente. Mala semilla, bella durmiente''.
Que hoy voy a volver a mi rincón, a mi sitio favorito, al escondite donde te veo en sueños.
Hoy voy a sentir como me besas despacito la clavícula, y el rincón entre el hueso de las caderas, como pasas la lengua delicadamente por encima del tatuaje que tengo al lado del pubis. Voy a sentir tu sonrisa contra la mía, el calor de tu cuerpo, voy a sentir tus caderas en las yemas de mis dedos. Voy a acariciarte los labios, a lamerte, voy a ahogarme con tus dedos.
Hoy, que estoy deskiciada, que no me entiendo ni yo, hoy, que mi cabeza es un torbellino y no sé ni donde estoy. Voy a volver a tejer un manto de electricidad entre tus ojos y los míos, para encontrarme esta noche con tus ojos chispeantes. Hoy voy a dormir contigo en ese rincón que creamos, pero primero estaremos horas follando en el baño de aquella puta biblioteca que no me deja escaparme de mis propias palabras. Voy a estar horas aprendiendo donde está cada vena, cada marca, cada peca. Voy a lamer cada rincón. Voy a sentirte acercarte desde atrás, cogerme del pelo, del cuello. Como me besas la espalda, me muerdes el culo, las caderas. Quiero que me folles duro, que no me dejes respirar, quiero tragarme tus dedos y ahogarme en las ganas de seguir teniéndote dentro.
Quiero que me hagas daño, delicioso, dulce dolor. Quiero que te duermas conmigo en el rincón secreto, tejido de impulsos eléctricos. Quiero que, cuando despiertes en tu puta vida real, mañana, creas que has soñado conmigo. Y que cuando te estés acordando de mis gritos ahogados, te des cuenta de que te has corrido. Y de la marca que dejaron mis dientes para que supieras que. Sólo fue un sueño a medias.
Hoy voy a sentir como me besas despacito la clavícula, y el rincón entre el hueso de las caderas, como pasas la lengua delicadamente por encima del tatuaje que tengo al lado del pubis. Voy a sentir tu sonrisa contra la mía, el calor de tu cuerpo, voy a sentir tus caderas en las yemas de mis dedos. Voy a acariciarte los labios, a lamerte, voy a ahogarme con tus dedos.
Hoy, que estoy deskiciada, que no me entiendo ni yo, hoy, que mi cabeza es un torbellino y no sé ni donde estoy. Voy a volver a tejer un manto de electricidad entre tus ojos y los míos, para encontrarme esta noche con tus ojos chispeantes. Hoy voy a dormir contigo en ese rincón que creamos, pero primero estaremos horas follando en el baño de aquella puta biblioteca que no me deja escaparme de mis propias palabras. Voy a estar horas aprendiendo donde está cada vena, cada marca, cada peca. Voy a lamer cada rincón. Voy a sentirte acercarte desde atrás, cogerme del pelo, del cuello. Como me besas la espalda, me muerdes el culo, las caderas. Quiero que me folles duro, que no me dejes respirar, quiero tragarme tus dedos y ahogarme en las ganas de seguir teniéndote dentro.
Quiero que me hagas daño, delicioso, dulce dolor. Quiero que te duermas conmigo en el rincón secreto, tejido de impulsos eléctricos. Quiero que, cuando despiertes en tu puta vida real, mañana, creas que has soñado conmigo. Y que cuando te estés acordando de mis gritos ahogados, te des cuenta de que te has corrido. Y de la marca que dejaron mis dientes para que supieras que. Sólo fue un sueño a medias.
''Te como el coño pero estoy en los huesos''
Fuma despacio del blunt que sujetan mis dedos, me acaricia los muslos, la entrepierna, sonríe. Me escupe el humo a los ojos, antes de meter su carita morena entre mis piernas. Acaricia mi piel con los labios, tan suave, y a la vez seguro. Se me eriza el cuerpo mientras siento como su boca me busca por dentro, aprende mis rincones. Suspiro más fuerte, sus dedos se acercan a mí, a mi cuerpo, a mi humedad. El ritmo sube y mis gemidos crecen, mi cuerpo se tensa, se curva, se aprieta contra su boca, sus dedos. Todo mi ser se revuelve mientras sus dientes muerden mi piel, dejando marca, dejando un dolor tan suave e irresistible que me mojo más y mas, mientras sus dedos se mueven rápido, sin tregua, hasta que siente como me contraigo y los ojos se me ponen en blanco. Me lame despacito los labios, me escupe en la boca. Ahora sólo quiero más, y más. Acabo de empezar.
Enciende el blunt, y sonríe, mientras se quita la ropa.
Enciende el blunt, y sonríe, mientras se quita la ropa.
jueves, 12 de marzo de 2020
Palabraspalabrasputaspalabras
Lento es el proceso de que las palabras sean solo eso. Palabras. De que todas las cosas bonitas de la vida sean como una mentira, hecha de una maraña de palabras, y solo eso. Palabras arriba y abajo, a veces confusas, a veces claras como el agua pero difíciles. A lo mejor es solo que ya no me doy cuenta de cuando tengo uno de mis días y ahora pienso qué. Pero va más allá, es mas intenso, más grande, más. Más maraña. Van y vienen, pero siempre son palabras. A veces tan bonitas. A veces tan poquito, pero siempre. Palabras. Parecen solo eso, pero las putas palabras. Te desmontan, te bajan a la realidad, te ponen en tu puto sitio. Las palabras son la peor y la mejor mierda que me ha pasado nunca. Me dan todo, me ayudan, me calman, cuando fluyen de mis dedos, son capaces de conjurar los hechizos más intensos. Pero cuando fluyen de otros dedos, de otros labios, suaves y cálidos, y empiezan a girar, de nuevo. Cuando giran, me atrapan como siempre, como a una mosca, me retuercen, me hacen ver impulsos eléctricos, luces azules, colores en paredes. Y la espiral se va cerrando y me va atrapando dentro de las marañas, hechas de palabras, y más palabras. Y las marañas me va contando bellas historias, de recuerdos y futuros y fantasías que. Son solo putas palabras.
Bellas pero palabras, y las palabras solo atrapan.
No te cuidan, no te acarician despacito hasta que te duermes, no te sonríen con un ojo aún cerrado.
Solo te explican cómo van a hacerlo, pero nunca.
Parece mentira que sepa usar tantas palabras, para mi propio beneficio, y nunca vea los torrentes de palabras fluir de otras energías. Será la muralla de más y más palabras que me construyo alrededor para no ver como se mezcla de manera inevitable con otras putas palabras.
Sangres. Renacer.
Sólo estoy escupiendo con los dedos lo que creé con la mirada, lo que aprendí en unos ojos marrones, lo que leí en una boca jugosa y sonriente que buscaba la mía, mi olor, buscaba aprenderse el sabor de mi sangre y mi saliva. Sólo estoy plasmando la fuerte impresión que dejó en mi el crujiente sonido de sus dientes mordiendo la dura carne de mi cuello, el escalofrío eléctrico de su lengua calmando el dolor de los mordiscos. Imposible tratar de transmitir la sensación en mi estómago cuando tenía su sonrisa contra la mía, cuando su piel fría me rozaba como pidiendo permiso al principio, y tan decidida y ruda al sentir como se tensaba mi cuerpo, al sentir como cada bocado me hacía un poco más débil. Imposible describir lo rápido que fluía la sangre, entre sus dientes afilados, con su lengua cálida empujando suavemente las venas, para ayudar a mi sangre, roja, densa, y caliente, casi como terciopelo, a fluir más y más rápido.
Y ahora las gotas rojas caen entre mis dedos, vacíos y fríos, pálidos como el mármol. Y escriben su nombre con letras sangrientas en el suelo, contando esta historia al que me encuentre aquí.
Y ahora las gotas rojas caen entre mis dedos, vacíos y fríos, pálidos como el mármol. Y escriben su nombre con letras sangrientas en el suelo, contando esta historia al que me encuentre aquí.
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