Fluyen los primeros acordes, comienza la llamada. Es silenciosa a los oídos de todos, pero un grito atronador para él. Para mí. Un sonido que no cesa y se introduce en su cuerpo, que pasa por cada uno de sus órganos llevando consigo un extraño cosquilleo. Un cosquilleo tan fuerte que duele, tan intenso que me hace retorcerme, aún con la llamada incompleta. Mi cuerpo se prepara, sabe lo que se avecina. La llamada no cesa, imparable, implacable, te está buscando a ti, sólo a ti, y no parará hasta que la oigas, tan alta y clara como la estoy escuchando yo, cantando en susurros sus palabras, consciente pero lejana de las consecuencias de un acto tan salvaje para mi alma.
Y es entonces cuando la música, la llamada hija de puta y caprichosa se instala también en tu cuerpo, te pita en los oídos, te arde insoportablemente en la polla. Es cuando te trae, atento y sin querer levantar la mirada, debajo de mi ventana. Otra vez, esperando abajo a que asome la cabeza y sonreír sin que lo vea. Un golpe sordo en el pecho, me quedo sin respiración. Sé que esos ojos oscuros brillan igual de duros, que esa mandíbula fuerte sonríe igual de torcida y descarada, que si llegas a mirarme directamente a los ojos, me temblarían las piernas, me ardería el pecho, se escurrirían mis bragas hasta caerse al suelo. Sabes todo lo que sé porque un día la llamada te trajo a mí, te abrió mis piernas suaves y cálidas, anhelantes. Abrió para ti un agujero en mi corazón, y otro, más eterno todavía, más dentro, más profundo. Una herida en ningún lugar físico y que dolía en todos a la vez. Pero quién pagó las noches que pasé durmiendo en tus delirios, los deliciosos moratones en mis piernas, en el cuello, en las tetas. Se pagó en sudor, lágrimas. Se pagó en sangre brotando de mis labios entre tus dientes, se pagó en el aire que me faltaba para gritar mientras me corría, tus manos cubriendo suspiros de vida.
Ahora suena la llamada, y tengo miedo, pero quiero dejarme una vez más, hundirme en la cama debajo de tus brazos fuertes, lamer la tinta de tu piel, ver en tus ojos que nunca habías visto nada tan hermoso y delicado como el reflejo de mi cabeza entre tus piernas. No vuelvas para joderme, sólo jódeme y vuélvete a ir.
